Jessica, Amanda y Cris

Aura nos cuenta una historia historia muy especial: la de Jessica, Amanda y Cris, compañeras de su instituto que también sufrieron acoso escolar. Una segunda visión de este problema.

“La experiencia que voy a relatar no es solo mía, la historia que voy a contar es la historia de mis amigas, y de su paso por el instituto. Ninguna de nosotras tuvo las cosas fáciles, no nos lo pusieron fácil, y la mayoría de ellas ha elegido olvidar, pero no yo. No quiero olvidar, no quiero que nuestras voces se olviden y aunque hayan pasado dos años desde que acabamos el instituto, una parte de mí sigue pensando que nunca fue justo.

A Jessica empezaron a machacarla muy pronto, en segundo de la E.S.O. Ahí todavía no la conocía, yo llegué un año después, pero en cuanto la conocí algo en su comportamiento me dijo que no estaba bien. Jessica era una niña (porque eso es lo que uno es cuando está en secundaria, un niño) muy coqueta. Le gustaba la ropa, le gustaba hablar de maquillaje y de chicos, venir arregladita a clase. Era la típica niña menudita, en altura y en carácter. Hablaba por los codos, pero sólo con las personas con las que se sentía segura (que éramos, sin exagerar, dos). Recuerdo que cuando llegué a aquella clase en 3º en un principio todos me parecieron simpáticos y muy amables. Pero Jessica siempre se sentaba sola, al fondo de la clase, y nadie parecía reparar en ella. Me resultó curioso, porque todos me habían recibido con los brazos abiertos, no parecían la clase de personas que marginarían a alguien. Pronto pequeños detalles hicieron que empezase a darme cuenta de que algo no cuadraba, como por ejemplo cuando dos chicos (que seguirían dando de que hablar durante mucho, mucho tiempo), se rieron de mí en clase a carcajada limpia por decir youtube (pronunciado tal cual, en lugar de la pronunciación inglesa). Un día me senté al fondo, con Jessica. Lo primero que hizo fue acercarse a mí y decirme, en voz muy bajita, y asegurándose de que nadie nos oía, como si estuviese asustada: “Yo antes era como tú, ¿sabes? Ten cuidado, porque aquí no todo es lo que parece”. Me extrañó bastante, pero decidí ir con cautela y empecé a juntarme solo con ella y con otra chica, María, que tenía una enfermedad del desarrollo (lo cual, sumado a su acento, la hacían objeto de burla constantemente). No fue hasta dos años después que Jessica se atrevió a contarnos su historia. Para entonces el grupo había aumentado a seis chicas, pero Jessica sólo nos la contó a Marta y a mí. La Jessica de 2º de la E.S.O era extrovertida, llevaba chuches y galletitas a clase, las repartía con todo el mundo. Al parecer a alguien no le gustó aquello, porque pronto empezaron a irle las cosas mal. Jessica sufrió toda clase de abusos verbales, desde “¿y a ti quién te va a querer?” hasta “todos sabemos que tu madre es prostituta”. Y no el “tu madre es puta” que se dice para insultar y ya está, no. A alguien le pareció muy gracioso escampar que, claro, la madre de Jessica es rusa, y viven alquiladas en la casa de un señor. Ella dice que es estilista, pero en realidad es prostituta, ¿si no cómo van a pagarse ese piso? Jessica vivió humillada y en la vergüenza por la mayoría de la gente de mi clase. En 2º, Victoria, la “mosquita muerta” de la promoción hasta que acabamos el instituto, se enteró de que a Jessica le gustaba un chico y empezó a mandarle notitas como si fuesen de parte de él. Al parecer, cuando Jessica hizo un acopio de valor y la encaró delante de todos diciéndole que sabía que era ella, Victoria le contestó: “Ay, ¿y qué esperabas? ¿Que se fuese a fijar en ti? No eres nada, ¿cómo te va a querer nadie?”. Por esto, Jessica fue arrastrando problemas de autoestima y de confianza en sí misma y en los demás. Nunca le dijo nada a los profesores ni a sus padres, estaba demasiado asustada.

Después llegó Amanda. Lo de Amanda fue en esa línea, pero acabó mucho peor. Amanda es extravagante, sí, ¿pero acaso no lo somos todos? Entró al instituto en 1º de bachiller, a la línea de Artes Plásticas. Qué casualidad que los mismos que habían acosado a Jessica estuviesen en esa clase la mayoría, ¿no? También llegó gente nueva, y no es que fuesen mucho mejores. A Amanda le metieron caña desde que llegó, solo por ser diferente, cuando de cara las personas que más la castigaban por ello eran los primeros en defender la individualidad y la expresión de uno. A Amanda la insultaban, se reían de ella y cuchicheaban cuando pasaba, no la dejaban contestar en clase. Un chico llegó a decirle: “¿pero cómo voy a salir contigo? Lo siento, no me gustan las locas”. Nunca pasó de lo verbal, pero a sus amigas no nos hizo ninguna gracia, así que fuimos a hablar con nuestra tutora. ¿Y sabes que nos contestó? Que era normal que se riesen de ella, que no se portaba como una persona normal, y que ella también se habría reído. Amanda empezó a faltar a clase, y hubo un período de dos meses en el que no vino. Más tarde nos enteramos de que había estado yendo al psiquiatra y en tratamiento con antidepresivos. Un día vino a clase con la cabeza rapada. La profesora de inglés, gritando de manera que todos la oían, le dijo que qué desastre se había hecho, que estaba loca. Por otro lado, Luis, una persona que ciegamente había creído que se salvaba y acabó siendo el peor de todos, me preguntaba: “¿Qué piensas de Amanda? Está de la olla, ¿verdad? Está como una cabra”. Mi madre siempre me ha dicho que lo peor que le puedes hacer a una persona es hacerle creer que está loco, porque al final puede acabar por volverse loco de verdad. Creo que eso es un poco lo que le ocurrió a Amanda.

Los suyos fueron los casos más extremos. Luego estaba Cris, cuya fuerza y carácter siempre he envidiado. Una de las chicas de nuestra clase, una tal Lucía, decidió que no le gustaba su carácter y se dedicó a hacerle focus durante todo el bachiller, ¡incluso una vez estuvo a punto de lanzarle la mochila a la cabeza en clase! A Marta le lanzaban pullitas del palo “¿pero qué botas me llevas?” un día que llevaba unas botas de agua amarillas que se había comprado toda ilusionada. Nunca se volvió a poner aquellas botas.

En cuanto a mí, no sé si estoy preparada aún para contar mi experiencia, pero puedo contarte el final, y no es agradable. Entré en depresión nada más salir del instituto, no me matriculé en la carrera que quería por miedo a la gente que tan mal me lo había hecho pasar en el instituto, porque sabía que se iban a matricular en la misma. Sufro estrés, depresión, baja autoestima, ataques de pánico, ataques de ansiedad. Estoy intentando cambiarlo, estoy intentando sanar con ayuda de buenas personas, personas que me quieren. Estoy yendo a dos terapias distintas para arreglarme. Llevo un aparato bucal para corregir la tensión en mi mandíbula, provocada por el estrés. Ya no sufro de agorafobia como hacía al principio, ya no me asustan tanto las multitudes. Pero lo peor para mí no es la depresión, el estrés ni la ansiedad. Para mí lo peor es la rabia y la frustración. Frustración porque nuestras voces nunca se oyeron, porque no hubo final feliz y los “malos” recibieron justicia. Frustración porque las personas que hicieron de los que se suponía que iban a ser los mejores años de nuestras vidas un infierno siguen con sus vidas tranquilamente y sin remordimiento de conciencia.

Puede que los demás hayan elegido olvidar. Yo no.”

– Aura

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