Aura

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Aura, esta vez, nos cuenta su propia experiencia, demostrando lo fuerte que es por haber sufrido tanto desde tan pequeña:

“Mi madre dice que cuando era pequeña (hasta los tres años o así) era la niña más alegre del mundo. Saludaba a la gente por la calle, siempre estaba riéndome, salía sola a comprar el pan. Vivíamos en un pueblo de apenas cincuenta habitantes, así que allí todos nos conocíamos. Cuando cumplí tres años me diagnosticaron superdotación, y un año después nos mudamos a una urbanización. Empecé a ir al colegio en un pueblo que estaba cerca y al año siguiente me adelantaron un curso, pasé de preescolar a segundo de primaria. Los niños en el colegio no me trataban bien, y durante el primer año del cambio de clase sufrí burlas, tanto por el hecho de ir un curso adelantada y ser más pequeña como por mi aspecto físico. De pequeña era más bien redondita, no gorda, no obesa, simplemente tenía barriguita, ya está. Me martirizaron con eso hasta los doce años. En el patio nadie quería jugar conmigo, solo una niña a la que también marginaban, así que nos entreteníamos contándonos historias. Nadie venía a mis fiestas de cumpleaños. Me empujaban, me tiraban piedras… Un niño llegó a bajarme los pantalones solo para burlarse de mí y a robarme un gatito hecho con globos que me habían dado por las fiestas del colegio. Me sentía muy humillada y me volví muy introvertida y muy seria. Me avergonzaba de mí misma. Es cierto que en tercero algunas personas empezaron a acercarse a mí, pero al parecer solo lo hicieron para poder humillarme más. La única fiesta de cumpleaños a la que vino alguien se destrozó cuando una chica, que había cogido mi diccionario de clase, mientras que yo había cogido el suyo por error, me llamó ladrona delante de todos y escampó el rumor de que era eso, una ladrona. Y los motes estuvieron acompañándome hasta el instituto. Después, a una niña que había llegado nueva, le pareció divertidísimo meterse en mi correo electrónico y ponerse a insultar a todo el mundo. Yo había pasado ese fin de semana en casa de mi padre y no tenía internet. Cuando llegué a clase el lunes siguiente empezaron a pegarme en el patio diciéndome de todo y yo no entendía nada, solo quería salir corriendo de allí y no volver nunca más.

En el instituto pensé que las cosas irían a mejor pero no, el primer día de clase personas a las que ni siquiera conocía, gente de bachiller, gente mucho mayor que yo, ya sabía quién era yo, la rarita que iba un curso adelantada. En aquel entonces solía vestir mucho de negro, pero aunque me hubiese vestido normal, la gente siempre encontraba algún motivo por el cual meterse conmigo; si no era porque me gustaban los videojuegos y me gustaba muchísimo leer, era por como me vestía, o por como hablaba, o por ir un curso adelantada. Hiciese lo que hiciese nada estaba bien. Cuando pegué el estirón dejaron de llamarme gorda, pero aún así… Tenía el pelo por las caderas casi, tintado la mitad de violeta. Bueno, pues a unos chicos les pareció una buena idea comprobar eso de que el tinte se quema y decidieron prenderme fuego al pelo. Se rieron muchísimo al hacerlo, y yo estaba tan asustada que lo único que hice fue correr a la fuente a apagarlo. Después le pedí a una amiga, la única que tenía, que me cortara el pelo. Los profesores ni se molestaron en preguntarme qué hacía toda mojada y con el pelo de repente por encima de los hombros. Dieron por hecho que simplemente “la rarita ya estaba con sus extravagancias otra vez”.  He de decir que también algunos profesores, el conserje del instituto y algunos encargados del comedor se burlaban de mí por ser “gótica”, como ellos decían. Y no solo adultos y alumnos se metían conmigo, también se metían con mi madre. Un chico llegó a llamarla infantil, porque sí, otro decía que era demasiado “suelta”, y recuerdo que la mujer que nos vigilaba en el autobús del instituto se rió de ella y de mí por escribirme una autorización pidiéndole educadamente que me dejasen bajar en otra parada.

Más tarde empecé a “salir” con un chico mayor que yo por presión social y porque como era bastante popular la gente ya no se metía tanto conmigo, pero yo seguía asustada. Nunca le conté nada a mi madre, pero cuando acabó 2º le pedí que me cambiase de instituto y así lo hizo. En 3º me matriculó en el que se supone que es el “mejor centro público de toda la provincia”. Cualquiera diría que en pleno centro de la ciudad, siendo el mejor instituto de la comunidad, cosas como las que había pasado en el pueblo no se repetirían. Es cierto que allí no me pegaban, y como ya conté en la experiencia de mis amigas, me recibieron con los brazos abiertos. Pero eso fue sólo al principio, durante el primer mes. Cuando vieron que era un poquito distinta, cuando vieron que me juntaba con Jessica, empezaron a marginarme, a hablar de mí en los pasillos, cuchicheando, a escampar rumores sobre mí. En tercero llegué a saltarme muchísimas clases y a suspender varias asignaturas (cuando mi media siempre había sido de 10). 

El chico del que hablé antes, David, ¿lo recuerdas? A mí ese chico no me gustaba, de hecho por mis experiencias pasadas los chicos no me interesaban en absoluto. Pero él, no sé por qué, se acercó a mí, hacía tonterías para que me fijase en él, me hablaba. Así que, por repetición, por costumbre más que nada, acabó gustándome. Realmente no veía nada en él, pero supongo que me gustaba porque parecía diferente, porque creía que teníamos cosas en común, porque no me trataba como un bicho raro. Nunca relacioné una cosa con la otra, pero de repente empezaron a ocurrir cosas extrañas, me desaparecían libros de texto, el estuche, mi mochila aparecía en la papelera, de repente alguien me ponía la zancadilla, o mi chándal de gimnasia estaba misteriosamente en la fuente…

En bachiller me estresé muchísimo porque sentía que me estaba perdiendo algo y no sabía qué. Pensaba que tenía amigos, pensaba que había gente que se preocupaba por mí, pero no. Va a sonar a locura, pero era todo como un gran montaje. Para que me entendáis, básicamente la gente en la que yo había confiado, ese chico que me había gustado, lo habían montado todo sólo para humillarme. Las intimidades que le había contado a las personas de confianza, las sabía todo el mundo. ¿Lo de que me gustaba ese chico? Él mismo se había encargado de que todo el mundo supiese que el bicho raro andaba detrás de él. ¿Qué mente enferma hace eso? ¿Qué clase de persona finge estar contigo en tus momentos más oscuros para poder humillarte mejor más tarde? Por dios, cuando murió mi abuela, a la que estaba muy unida, ¡fue la primera persona a la que se lo conté! Mi madre le escribió a su madre, porque eran amigas en el instituto, diciéndole que ni a ella ni a mí le gustaba cómo me trataba su hijo. Y ella le contestó que ya, pero que su hijo tenía esa forma de relacionarse pero a mí me apreciaba mucho. Fue como la “broma” que le habían hecho a Jessica en 2º de ESO con las notitas pero a gran escala, y llevándose a cabo durante un infierno de cuatro años. Lucía también estaba en el ajo, por supuesto. Y encontraban cualquier motivo por el que reírse de mí, otra vez. Mi forma de vestir, mi personalidad. Me distancié de Jessica, mi mejor amiga, que me había advertido que algo así podía ocurrir, por él, por los demás, porque poco a poco fueron arrastrándome a su mundo de hipocresía, de dobles caras y relaciones enfermizas donde lo único que cuenta es la apariencia, por ser una más. Y odié en qué me había convertido, y todavía hoy me avergüenzo. 

Cuando salí del instituto entré en depresión, esa parte ya la he contado. Lo peor fue que la cosa tampoco acabó ahí.

Una chica a la que consideraba mi mejor amiga, mi hermana, ha empezado a escampar por ahí que soy una zorra,  que me he dejado la carrera por vaga, que me he tirado a media universidad. Todo porque me besé un par de veces (y de ahí no pasó la cosa) con un chico que me gustaba y tenía novia, pero que llevaba meses dciendo que no estaba bien con ella, que la iba a dejar, que yo sí le gustaba. Por esto llevo desde el año pasado sufriendo cyberbulling a través de ask y de twitter. Me han llamado puta, zorra, todo lo que vaya en esa línea. Esa misma chica llegó a decirme que los chicos sólo me quieren por mi cuerpo y nada más. Y durante mucho tiempo he pensado que era así. Irónico, ¿no? Al principio pensaba que el problema era mi cuerpo, pero estaba bastante satisfecha con mi personalidad, y después los polos se invierten. Me borré la cuenta de twitter  y ask a principios del año pasado por este mismo motivo y a finales de este me hice una nueva, en la que siguieron llamándome zorra, diciéndome que si pensaba que cambiando de cuenta iba a conseguir algo. Y ojo, esto está denunciado a la policía, pero parece que no han hecho nada…

Con todo, no quiero que lo único que deje mi experiencia sea un mensaje negativo. Por muy amarga que sea tu historia, por muy oscuro que sea tu pasado, no todo va a ir siempre a peor. Si es cierto que hay gente mala que hace esta clase de cosas por el motivo que sea, también hay gente buena, es cuestión de saber encontrarla, y eso es algo que aprendes con el tiempo, más cuando has vivido estas cosas. Es como si desarrollases un sexto sentido para la gente tóxica y aprendes a detectarlos enseguida y a deshacerte de ello. Tú no eres quien ha hecho mal las cosas, lo único malo que puedes hacer es dejar que pasen y callar. Los que te acosan, lo que te maltratan, son ellos quienes están haciéndolo mal y al final les pasará factura, porque no puedes ir por la vida relacionándote así. ¿Te acuerdas de David? Me hizo pasar un infierno, sí, a mí, a mis amigas. Hace poco me enteré de que lleva un año sufriendo ataques de ansiedad, y un día se despertó y no reconocía a su familia. Sí, nosotros lo pasamos mal, pero al final somos nosotros quienes pueden salir de ello y sentirnos orgullosos. El que hace la vida de otros miserable, no creo que pueda enorgullecerse demasiado de ello.”

– Aura

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